Masters 1.000 de Toronto: Nadal recupera el dominio en Canadá

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Cinco años después, por fin Rafa Nadal alza los brazos en Canadá. Las lesiones, la superficie, el desgaste o los rivales habían dejado en blanco el palmarés del balear en tierras canadienses desde 2013, desde 2008 en Toronto. Hasta que ayer dominó de nuevo todas las circunstancias y mordió el Masters 1.000 de Canadá. Un título más, y van ochenta en su carrera, para sumar más sonrisas en un año redondo y con visos de ser aún mejor. La confianza, el ritmo, la dinámica ganadora están de su lado.

El balear doblegó en la final a Stefanos Tsitsipas después de una semana en la que fue superando, de menos a más, todos los obstáculos, los de su propia raqueta después de las vacaciones, y los que le presentaban los rivales:un duro partido ante Stan Wawrinka (7-5 y 7-6 (4)), ese set que remontó ante Marin Cilic (2-6, 6-4 y 6-4) o el desparpajo del ruso Karen Khachanov (7-6 (3) y 6-4). Un rodaje que el protagonista todavía cree insuficiente, pero que le sirvió para encadenar un título más en este 2018 en el que ya son cinco los mordiscos.

Sobre el papel el partido comenzaba desequilibrado: era la final número 116 para Nadal, la segunda para su rival. La única que había disfrutado el joven Tsitsipas fue, precisamente, contra el español, en Barcelona, y apenas le duró un suspiro al balear (6-2 y 6-1). Pero en estos cuatro meses, el griego ha crecido en confianza y tenis. Dueño de un revés a una mano por su ídolo Roger Federer, había superado en la mejor semana de su vida a cuatro top ten: Dominic Thiem, Novak Djokovic, Alexander Zverev y Kevin Anderson. Un maratón de récord, pues nunca había sumado dos victorias en un torneo de este calibre, para crecer y consolidar sus sueños. Pero se necesita mucho más de todo, y mucho menos desgaste que el que acumuló, para enfrentarse al número 1 del mundo, aunque no sea en tierra.

Nadal aguó el 20 cumpleaños de su rival con un tenis sólido y agresivo en la red, apoyado en su arte para manejar la mente del contrario y las alturas de sus golpes. Atacó el revés a una mano de Tsitsipas, espectacular para ver, más débil para responder a pelotas que volaban por encima del hombro. Es la veteranía y los trucos que otorgan los doce años de diferencia. Aunque Nadal sigue teniendo ese tenis y esa ambición con la que se coronó por primera vez en estas tierras, en 2005, cuando era él quien lucía melenas y desparpajo y acabó por tumbar a Andre Agassi.

Al contrario que el estadounidense, el balear no quiso ninguna sorpresa ante el aspirante. Dejó que Tsitsipas mostrara su buen servicio en su primer turno de saque, y se fue hacia delante a partir del segundo. Observó los nervios del griego y midió su propia agresividad. Un pasito hacia delante en el resto y primer break a favor. Una herida en la mente de su rival que se fue abriendo punto a punto porque el griego no encontraba respuestas y sí demasiados enfados y gestos contrariados.

Despiste y susto
En una fiesta de cumpleaños amarga, Tsitsipas aprendió cómo es jugar contra Nadal en la final de un Masters 1.000. Cómo la mano tiembla en los golpes que se dominan, cómo las ideas desaparecen ante la propuesta del zurdo, cómo se suman los errores y se anulan los aciertos. El español desbarató sin tregua la estrategia del griego y convirtió el primer set de la final en una tortura. Desubicado, inquieto en cada cambio, desarbolado, el 27 del mundo no encontraba huecos ni el tenis que lo había llevado hasta aquí. Nadal se lo anuló todo en una lección demasiado dura que duró 34 minutos.

La brecha se amplió al inicio de la segunda manga con otra rotura. Pero logró Tsitsipas frenar el parcial de 6-0 con su primer juego (2-1). Un alivio y un atisbo de luz cuando los nubarrores más se acercaban. Por fin las alternativas funcionaron, las miradas de su padre y entrenador le ofrecieron valentía, al menos, para mantener la esperanza. Y para acabar metiendo en un lío al balear, que comenzó con una lección de juego limpio: sacaba el griego con 5-3 y un grito en la grada lo despistó. Nadal le dijo al juez de silla que le permitiera repetir el primer servicio. Aplausos en la grada porque verían, al menos, un juego más. Lo que no se esperaba nadie, ni siquiera Tsitsipas ni mucho menos el balear, es que este, con 5-4 y saque, cometiera todos los errores que no había hecho hasta el momento. Si solo había perdido dos puntos con su servicio, brindó tres errores en el noveno juego. Y Tsitsipas, encantado con el regalo de la rotura, aprovechó para alargar su presencia en el encuentro. La final, por sorpresa, se decidía en el tie break.

Molesto por el resbalón, Nadal frunció más el ceño y cerró filas en torno a su derecha. Volvió a sufrir con su saque, pero en el desempate hizo prevalecer su veteranía para corroborar la brecha maestro-pupilo. «Vamos» y salto al cielo cuando su drive superó al joven griego, desfondado pero contento por ese inesperado final con el que certificar su presencia en la élite. En su veinte cumpleaños.

Con 32 recupera Nadal el dominio en Canadá después de un lustro sin tocar techo. Son cuatro los entorchados (2005, 2008, 2013 y 2018). También aprendida la lección de que ni siquiera él puede despistarse ni un segundo. Cinco títulos en este curso y ochenta en su carrera. Tsitsipas todavía tiene que soplar muchas velas.

 

Fuente ABC

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