La historia de su vida: El hincha al que pusieron a jugar para su equipo y se hizo mito

El hincha al que pusieron a jugar para su equipo
El hincha al que pusieron a jugar para su equipo

Steve Davies iba a todos los partidos del West Ham United. Un día de 1994, en Oxford, cumplió su sueño y jugó un partido. Tuvo que utilizar otro apellido: Tittyshev.

Cualquier hincha de cualquier equipo que esté comenzando a leer esta nota lo soñó alguna vez mientras dormía. O lo imaginó despierto. O lo pensó tanto que se le erizó la piel. La escena: estar a un costado del campo de juego, protestar porque el equipo no funciona, reclamarle al entrenador que haga cambios, que modifique la táctica, que saque al nueve o al tres, que ponga un enganche.

De repente, el técnico -que ya lo conoce por ocupar siempre el mismo lugar y repetir los ritos de cada ocasión y hasta presenciar esos largos entrenamientos que duran casi hasta el día siguiente- se anima y le dice: “Ahora va a entrar usted. Juegue, vaya allá, de siete”.

Parece una mentira, una exageración, una idea para un cuento de Roberto Fontanarrosa o Eduardo Sacheri, pero ese episodio sucedió en la historia del fútbol de elite. Hace poco más de dos décadas, en 1994, un tal Steve Davies -fanático del West Ham como casi nadie- cumplió ese deseo: jugó para los Hammers, de Londres. El DT Harry Redknapp le inventó un apellido, Tittyshev, y lo mandó al campo de juego, en pleno amistoso de pretemporada frente al Oxford City.

La historia la rescató el estupendo programa español Informe Robinson. Se metió en las entrañas de aquel hecho y encontró testimonios entre inverosímiles y desopilantes. O las dos cosas juntas.

Aquel día del verano europeo del 94, 27 de julio, Davies viajó rumbo a Oxford en su auto, acompañado por dos amigos y su novia de ese tiempo. No había razón para su incondicionalidad: un partido menor, ante un equipo que competía en las categorías regionales; poco más que una práctica. Pero la presencia del equipo londinense generó expectativa: había unos dos mil espectadores en el lugar.

Quejoso como siempre, Davies esta vez se enfadó con el atacante Lee Chapman. Le gritó durante todo el primer tiempo, según él mismo, ya entre risas, 21 años después: “Jugaba contra un defensor que era más bajo que él, pero acababa en el suelo cada vez que lo chocaban. Cuando se cayó por tercera vez, empecé a meterme con él”. No se inhibe al momento de la confesión: “Cada vez que atacábamos le gritaba: ‘Chapman, burro, levanta el culo…'”.

El azar quiso que fuera un día histórico. En el primer tiempo, West Ham finalizó arriba en el resultado pero complicado por las lesiones. Ya no le quedaban jugadores para ofrecer cambios. Entonces, Redknapp se acercó a Davies, quien seguía quejándose del rendimiento de Chapman, y sucedió el siguiente diálogo:

-¿Podés jugar mejor que Chapman?
-Claro que sí. Por supuesto.
-¿De qué jugás?
“De delantero”, mintió Davies, quien con sus amigos solía ubicarse en la defensa.

Davies no aparecía en ninguna planilla. El encargado de los altoparlantes no sabía quién era. Le tuvieron que preguntar al técnico. Y Redknapp respondió rápido, astuto: “¿No vieron el Mundial? ¡El es Tittyshev, el búlgaro!”. El tal Tittyshev no existía. No había nadie ni con apellido parecido en el plantel búlgaro que accedió a las semifinales del Mundial de los Estados Unidos. La mitología estaba naciendo. Tittyshev era (y es) Davies, un amateur por donde se lo mirara. Sin embargo, el hincha del apellido inventado sorprendió a todos: jugó, se animó y hasta escuchó aplausos. También hizo un gol que gritó hasta la disfonía. Se lo anularon. Cuando pasó por al lado del árbitro, mitad en broma y mitad en serio, lo insultó: “Me cagaste el sueño”. Luego volvió a ofrecer una sonrisa que no le cabía en la cara.

Al llegar a su barrio, en el sur de Londres, Davies contó la historia por cada calle y por cada bar. Nadie le creía. Dos días después, un periódico local publicó la historia que parecía mentira. Y exhibió las tres imágenes obtenidas por el entonces fotógrafo oficial del West Ham, Steve Bacon. La prueba era irrefutable.

Luego, los medios nacionales se hicieron eco. El que ingresaba al campo de juego con la camiseta número tres era él, Davies, el hincha. Hace cuatro años, Redknapp -que entrenó con escaso éxito al Queens Park Rangers en la pasada temporada de la Premier League- publicó un libro con sus memorias. Allí recuerda el episodio de Tittyshev. En la dedicatoria para Davies le ofreció un elogio que le llenó el alma al futbolista ocasional: “Fuiste mejor que Chapman”.

El West Ham United, fundado en 1895 como Thames Ironworks, es un club que sabe de tradiciones. Ganó tres veces la FA Cup, una Charity Shield, una Recopa de Europa y la Liga de transición en tiempos de la Segunda Guerra. Sin embargo, su mayor motivo de orgullo tiene que ver con su aporte a la única gran conquista de Inglaterra: el Mundial de 1966.

Se trata de Bobby Moore -el máximo ídolo histórico, que fue el que levantó la Copa del Mundo-, Geoffrey Hurst -el único futbolista capaz de convertir tres goles en una final de la máxima cita-, Ray Wilson y Martin Peters. Una escultura de bronce ubicada en Newham, con ellos cuatro como protagonistas, forma parte de la escenografía cotidiana de la zona de influencia del West Ham. Para Davies no hay monumento que lo recuerde. Pero cada vez que se menciona al tal Tittyshev en Boleyn Ground -el estadio del equipo- o en sus cercanías una sonrisa compartida acompaña al mito.

Aquella decisión de Redknapp resulta, claro, un homenaje al hincha incondicional. Venga, cumpla su sueño. Porque de algún modo es como lo decía El Ñato (el personaje al que Discépolo le puso la piel y el alma) en la película El Hincha: “¿Y para qué trabaja uno si no es para ir los domingos y romperse los pulmones a las tribunas hinchando por un ideal? ¿O es que eso no vale nada?”…”¿Que sería del fútbol sin el hincha?… El hincha es todo en la vida…” Esa vida de fanáticos es la que retrata con final feliz La Leyenda de Tittyshev.

Eduardo Galeano -con la belleza de sus palabras y con los recuerdos de tardes de tablón- también ofreció sus impresiones sobre estos hinchas que tantos entusiasmos abrazan en su interior: “Una vez por semana, el hincha huye de su casa y asiste al estadio. Flamean las banderas, suenan las matracas, los cohetes, los tambores, llueven las serpentinas y el papel picado; la ciudad desaparece, la rutina se olvida, sólo existe el templo. En este espacio sagrado, la única religión que no tiene ateos exhibe a sus divinidades. Aunque el hincha puede contemplar el milagro, más cómodamente, en la pantalla de la tele, prefiere emprender la peregrinación hacia este lugar donde puede ver en carne y hueso a sus ángeles, batiéndose a duelo contra los demonios de turno”. Steve Davies es uno de esos tantos hinchas. Pero con más suerte…

 

Vía Clarin