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¿Cuánto dura un ídolo?

¿Cuánto dura un ídolo?
¿Cuánto dura un ídolo?

Aunque largamente anunciada y mediáticamente retransmitida al minuto, la salida de Mesut Özil del Arsenal rumbo al Fenerbahçe encendió mis alarmas interiores. A pesar de la lógica deportiva y geográfica del destino, el downgrade competitivo de un ídolo siempre obliga a pasar lista. En la gestión emotiva de los futbolistas predilectos, recomiendo aplicar la regla del cinco: no superar el quinteto de héroes por década y aceptar que nuestro polígamo corazón no suele albergar reinados durante más de un lustro. Mientras hacía números y dejaba un melancólico like a las fotos de Mesut con el ’67’ —las dos primeras cifras del código postal de Hışıroğlu, un guiño a sus raíces—, no pude evitar preguntarme por la caducidad de los mitos. ¿Cuánto dura un ídolo? Respuesta corta y al pie: cada vez menos.

Intuyo una suerte de obsolescencia programada en la idealización. Se alcanza un punto en el que la misión vital del admirador parece agotada. Veneración completada con éxito. ¿Cuándo cambia el statu quo y por qué? Vaya por delante que navegamos aguas subjetivas por definición, pero lo cierto es que existen factores universales de erosión emocional que explican que el reloj biológico reclame savia nueva cada cierto tiempo. Mis jugadores fetiche en los últimos años se antojan casos emblemáticos de desgaste: hoy siento que no tiene demasiado sentido idolatrar a Neymar y Özil y busco candidatos para el relevo. Me explico.

La manifiesta superioridad técnica del brasileño y su planetaria popularidad me hacen sentir que ‘ya no necesita’ mi apoyo, potente motivación de quien idolatra. Nos atraen las causas perdidas y dejan de hacerlo si el debate parece zanjado. No contento con dominar en el césped, la noticiabilidad fuera de él ha convertido a Ney en un astro omnipresente y sobreexpuesto. El paradójico consumidor protesta cuando ‘se habla poco de’ alguien y detesta que se hable demasiado. Así las cosas, la sobresaliente destreza de Neymar —a menudo interpretada como irrespetuosa, entiendo que por envidia— resulta ya el único aspecto estimulante que ensalzar de su figura. Dicho en lenguaje tuitero: sigo en su barco como simbólica reivindicación del ‘jogo bonito’.

Ha ocurrido con Mbappé y Halaand, convertidos en ídolos de primera necesidad en cuestión de 48 horas. Hay urgencia por venerar y cabe preguntarse: ¿hemos admirado siempre con tantas prisas?

El caso del alemán también resulta familiar; cuando un jugador contrastado sale del radar de las principales ligas el aficionado interpreta el movimiento como una bandera blanca emocional. El mito acepta perder vigencia y abandona el escaparate dejando al futbolero hambriento de referentes en las grandes citas. Absorbemos la noticia con empatía y resignación adulta. Por eso no rompemos el carnet de fan si Iniesta decide recalar en Japón, Del Piero en Australia, Xavi en Catar o ahora Özil en Turquía. Seguidor e idolatrado firman un pacto tácito que permite que la intensidad de la conexión emotiva afloje y deje paso a piernas frescas que dibujen nuevos lienzos con la pelota. Ha ocurrido con Mbappé y Halaand, convertidos en ídolos de primera necesidad en cuestión de 48 horas. Hay urgencia por venerar y cabe preguntarse: ¿hemos admirado siempre con tantas prisas?

Hasta los años 80, aquellos ídolos ‘fofisanos’ con melena de los que poco se sabía behind closed doors duraban décadas enteras. Best y compañía gastaban tiempo y dinero en coches y otros vicios y podían ‘malgastar el resto’ porque su exposición era la mínima indispensable: 90 minutos por semana y sólo ante afortunados que pudieran disfrutarlos in situ. A caballo entre los 80 y los 90, el fútbol televisado y los cromos inauguraron la era de los ídolos de sombras. Lo explicó Aitor Lagunas en esta revista: “Instalados en la caverna de Platón, venerábamos sombras. Y quizá fuera mejor así. Salvo excepciones, los ídolos requieren poca luz: cuanto más los conoces, más cerca están de caer del pedestal”. Ya se sabe, de Maradona importaba lo que hiciese con nuestra vida y no con la suya.

Los niños noventeros tuvimos referentes con brillo de revista y póster. Mitos con menos espacio para las sombras, pero ídolos imaginarios al fin y al cabo. Jorge Giner recuerda que “aparecían en las portadas de los videojuegos y se colaban en nuestros televisores en los geniales anuncios de las marcas que los patrocinaban”. No necesité (ni pude) ver 100 partidos de Bergkamp o Zola para que fuesen mis predilectos. Y el cuello subido de Cantona antes de agujerear el pecho de un demonio fue argumento suficiente para que toda una generación le considerase ‘Le Roi‘ de aquellos tiempos vibrantes en los que los ídolos tuvieron que aprender a ser atletas y viceversa. Los consumidores manejábamos nuestras propias estadísticas avanzadas tirando de fantasía y corazón.

Tres décadas y 100 redes sociales más tarde, ser un mito del balón ya no es lo que era. Veneramos con prisa y sin pausa. Algunos cracks vienen con la caducidad de un producto lácteo. Además, los otrora poco expuestos héroes deben convencer hoy a la global Inquisición del teclado de que son también ciudadanos modélicos fuera del verde. Si ayer lo natural era ser juzgado —adorado o detestado— por goles, regates o paradas, desde que devoramos fútbol 24/7 se diría que lo de menos es el partido. Hace poco escribí que seguimos valorando al futbolista por sus acciones desde que pita el árbitro, sólo que hemos confundido el silbido inicial con el final. Es la ironía del culto online. Me refería a Riqui Puig y puede extenderse a otros ídolos en construcción cuya comprensible presencia en TikTok parece desacreditarlos como peloteros a ojos del consumidor. Los referentes ya no sólo deben serlo sino parecerlo.

En la era de los ídolos ciudadanos, Mbappé y Halaand celebran los goles con soberbia sincera y con el flow que dictan los nuevos tiempos; como si quisiesen hacer ver al público que son conscientes de que durarán un rato siendo mitos. Adorad nuestra precocidad y luego ya veremos, nos gritan. Mientras tanto, ‘Peter Pan’ Neymar se resiste a madurar instalado en un (in)cómodo limbo entre la generación de las bestias tangibles y longevas —Messi y Cristiano han sido los conejitos Duracell de la veneración— y la nueva hornada de talentos que, además de marcarlos a pares, quieren ver sus goles en HD de vuelta al vestuario. Con Özil en Turquía y Ney en boca de todos, me tienta encontrar un nuevo ídolo que sea mejor futbolista que ciudadano. Estaré atento cuando pite el árbitro. Silbido inicial, se entiende.

Panenka

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