Lo emocional es importante en la vida del ser humano. Mantener arriba el ánimo y creer que es posible alcanzar los objetivos es fundamental, pero cuando las acciones no se sincronizan con el ideal, todo queda reducido al discurso mediocre, de sicología barata, que recogen los ‘libritos’ de autoayuda.

Algo así sucede con la selección. Venezuela se presenta a cada proceso de eliminatorias con una profunda voluntad e ilusión de alcanzar el Mundial, aunque en el camino siempre se queda corta al no terminar los pasos correctos, como la construcción de una idea clara de juego, que la identifique y le permita competir de verdad, y no simplemente apelar al ímpetu de 11 hombres briosos, habido de ‘lucha, sacrificio y batalla’.

Este último premundial, al que todavía le restan cuatro fechas, ha sido para Venezuela, casi desde el comienzo, un rotundo fracaso, pues desde el primer puntapié careció de forma y de fondo.

Noel Sanvicente, con su aura de técnico multicampeón nacional, pretendió someter a un plantel de ‘legionarios’ que se reveló con un muy pobre rendimiento en el campo, con mediocres resultados que remontaron a la selección de antaño, a la cenicienta.

‘Chita’ se convirtió en calabaza y terminó saliendo prematuramente, dejando el testigo a Rafael Dudamel, que con el paso de los partidos, ha dado cuenta una y otra vez que es un gran motivador, pero que carece de fútbol.

Un pasado exitoso como jugador, necesariamente no se corresponde con el desempeño como entrenador. Dudamel es reflejo de ello. No es malo, pero le falta mucho rodaje. Clasificar a una selección juvenil a un Mundial (Sub 17) -en un formato muy distinto al de mayores- no era suficiente crédito para asignarle la responsabilidad de sacar el barco a flote, menos cuando quedó tan fracturado como el Titanic de 1912. Pero es que quizá esa nunca fue la intención de la FVF que, al final, fue quien lo puso allí.

Cumplir el trámite, honrar el premundial. Esa parece haber sido la consigna desde la cúpula dirigencial, desperdiciendo el fulgurante talento con el que cuenta esta generación, una de las mejores -sino la mejor- subutilizada y muy mal administrada.

Ahora la promesa y las ilusiones se apuntan a Catar 2022, pero en función de ello tampoco se hace mucho.

Los partidos ante Perú y Chile se presentaban como exámenes para evaluar el futuro, y el futuro luce tal cual como el presente. Poco prometedor, sobre todo porque no hay quien ejecute algo distinto. Dudamel desde la raya de cal grita y hace ademanes, pero en el campo los jugadores lucen muy torpes para interpretar su idea, si es que la tiene.

Venezuela dejó de jugar al pelotazo, para convertirse en una selección que rinde y corre medio tiempo, ingenua e incapaz de capitalizar partidos cuando comienza con resultados a favor. Sí, el fantasma de la cenicienta otra vez está encima y asusta.

Asusta, porque pese a lo trágico de la eliminatoria, resulta que por alguna razón el talento sigue brotando. Están los Faríñez, Herrera, Soteldo, Otero, Quero, Hurtado, Palmezano… un lote de importantes jugadores que representan la esperanza de un fútbol venezolano notable, pero sin un técnico capaz de guiarlos al camino del Mundial.

Para exorcizar esos fantasmas, es necesario abrir la mente y respaldar la idea de un DT curtido en el fútbol internacional, con recorrido en estos torneos apremiantes, donde no cuentan la cantidad de módulos de trabajo, sino la calidad del mismo en las pocas horas que puedes tener a los jugadores.

Un DT extranjero sí y no porque su pasaporte valga más que el de uno criollo, sino porque su bagaje y experiencia puede encender las luces en el oscuro túnel que siempre transita Venezuela camino a un Mundial.

Y es que no se puede vivir eternamente del verbo, la motivación y la arenga.

(María José Salcedo)